Nueva Zelanda: Doce meses y algunos des-balances

 

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Quisiera poder construir mapas subjetivos de todos los países del mundo

Nueva Zelanda: no la soñé desde chica, y de grande, nunca formo parte de mis futuros destinos por conocer. No me cautivaba.

Hay lugares del mundo que se pueden imaginar o intuir. Hay otros que parecieran mas difíciles de predecir. Están tan alejados de -mi- realidad que me producen intriga y fascinación. Como vive la gente, que comen, que hacen durante el día, cuales son sus valores, que se siente estar ahí o como es la geografía… Bueno, todo esto NO me pasaba con Nueva Zelanda.

Aún sigo sin entender cual fue la razón que me llevo a este país. Después de que varios me preguntaron por que me iba a Nueva Zelanda, fui formulando algunas hipótesis:

*Hipótesis número uno: me había gustado la experiencia en Australia y quería hacer algo similar y por el mismo continente. Nueva Zelanda vino a ser la pieza del rompecabezas que encajaba justo.

**Hipótesis numero dos: quería ahorrar. Como ya lo explique en este otro post, en la medida de mis posibilidades, intento trabajar en países con moneda fuerte. (Aunque muchas veces me encuentre criticando por qué tiene que ser así). Pero bueno, es una realidad que *con lo que se gana en seis meses de trabajo en países como Australia o Nueva Zelanda se puede viajar varios meses por Sudamérica o el Sudeste Asiático.

***Hipótesis número tres: varios me habían hablado de este país como “LO MAS DE LO MAS”. Al vivir un año en Australia conocí mucha gente que me hablaba de Nueva Zelanda comparándola con el paraíso (posta). Así fue como poquito a poquito comenzó a intrigarme. A veces me hablan tanto de un lugar que me convenzo de como tengo que reaccionar al verlo.

Sin embargo, pareciera que cuanto menos expectativas tenés, mas te sorprende un país.

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Haciendo el recuento del viaje

La idea de viajar por este país comenzó a engendrarse en mis últimos meses en Australia, fines de 2014. Cuando por fin pisé tierra neozelandesa, lo primero que hice (además de la selfie en el aeropuerto con la primer estatua maorí que encontré), fue instalarme en Auckland.

Esa primer semana en fue bastante movida, me sentí local y turista a la vez. Todo era tan nuevo para mí que me la pasaba onda chino: sacando fotos todo el tiempo. Pero mi amiga burocracia me obligó más de una vez a salirme de ese lugar de turista y hacer colas en el banco, en el correo, en la compañía telefónica, como cualquier hijo de vecino. Necesitaba empezar a laburar cuanto antes!

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Vista de Auckland desde uno de los muelles

Luego volé directo a Mt Cook en la isla sur, que me habían llamado para trabajar en un restaurante.
En la cocina de ese restaurant aprendí algunos oficios de chef y a preparar varios platos que ni sabía que existían.
Esta experiencia me ayudó bastante a dejar de paralizarme y perder la vergüenza. Armar platos en grandes cantidades, en el menor tiempo posible, en coordinación de cronometro y corriendo de aquí para allá fueron practicas que en su momento temí y hasta aborrecí, pero que sirvieron para al fin darme cuenta que no soy tan de madera como suponía.
En Mt Cook ademas de tener mi primer contacto con la cocina (para bien o para mal) y con Nueva Zelanda, fue el lugar donde conocí a Jack, compramos un auto, renunciamos a nuestro trabajo y nos fuimos de viaje. Y fue a través de este lugar como le empecé a medir el pulso al país y a conectarme con el mismo.

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La casa dónde viví en Mt Cook

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Los paisajes

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Tasman Lake

Después de eso vino un viaje alrededor de la isla sur, conociendo lugares idílicos que nunca imaginé.
No me cansaba de repetirle a los kiwis que deberían de estar orgullosos de vivir en esta isla, que los paisajes de acá parecían salidos de un sueño. ¿Como hacían para viajar durmiendo?

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Cuando viajas en auto, así son la mayor parte de los lugares que se ven por la ventanilla

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O así (si es primavera)…

A continuación le siguió Akaroa , una ciudad plagada de banderas francesas, con nombre maorí , y en la cual trabajé -ni más ni menos- que en un restaurante italiano. Esta vez trabajé de moza. Como mi experiencia en este ámbito era casi nula, no me quedó otra que aprender (a veces a los golpes). Me propuse en esta oportunidad, hacer del trabajo un juego, (como supongo que debería ser).
Jugaba a ver quién llegaba, leer su rostro, sus gestos, su forma de hablar, su postura, la forma de vestirse, e intentaba adivinar qué del menú les podría llegar a gustar más y qué iban a pedir.  Era la forma que encontraba de darle la vuelta a un trabajo que puede llegar a ser lo más aburrido y agotador del mundo si uno tiene ganas de verlo así.
Yo me desafié a verlo como un juego y a jugarlo como tal, y puedo decir que al final, terminó dando buenos resultados.

Fue en esta ciudad dónde se presentó la oportunidad de hacer voluntariado en un barco y aprender de nudos, velas, vientos y delfines. Fue una experiencia única y digna de anécdota.

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Akaroa Heads, en el Pacifico

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Casas de Akaroa para enamorarse

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Harbour donde dejaban los barcos anclados

La idea después era ir a Wellington, la capital del país, ya que había conseguido una oferta de trabajo que sonaba tentadora pero que terminé dándome cuenta que no era para mi.
Entonces fui para Kawerau, donde hice un voluntariado limpiando un hotel por unas semanas, hasta que arrancaba la temporada de invierno en la montaña.
Kawerau era el típico pueblo neozelandés. Muy tranquilo, aburrido y con menos onda que bandera de chapa. El pueblo moría entre las cinco y seis de la tarde, y que ni se te ocurra olvidarte de comprar las cosas para hacer la cena en el supermercado porque estabas al horno. Olvidate que el pub cerraba a las ocho.

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Calles otoñales de Kawerau

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Si tuviese que describir ciudades por colores, Kawerau sería el anaranjado

Ante-ultimo llegó Ohakune, donde fuí a trabajar a la cocina nuevamente.
La temporada de invierno se hizo esperar, no nevaba, y estuve varios días sin trabajo.
Hasta que por fin nevó. *ohhhh* música de iglesia*. 
En este pequeño pueblito tuve la posibilidad de hacer varios trekings, entre ellos, el conocido Tongariro Alpine Crossing (el mejor que hice en NZ), y trabajar en Mt Ruapehu , que me dió la oportunidad de tener el pase libre a las pistas de esquí (ademas de servirle como mano de obra barata).
Esquié bastante en mis días libres y en los snowbreak (pausas en el trabajo cuando estaba todo quieto), iba de aquí para allá, tomando clases gratis con los instructores y mandándome por distintas pistas sola o con una amiga. Hasta que… al final de una clase de esquí, siguiendo a la instructora, me pegué alto golpe, caí y me doblé la rodilla.
Vino el esquí patrol y me -rescató-, por que no podía ni pararme. Me llevaron a la sala de emergencias de la montaña y el medico que me vió, después de chequear mi rodilla me dice: –yo estoy contento de que puedas caminar. Era un buen signo. Me levanté de la silla de ruedas y fui rengueando hasta el auto, un amigo me llevó a casa.
A los dos días, vuelvo a ir a la consulta en la clínica de la montaña y esta vez me ve otro medico. Me movió un toque la rodilla y me tiroteó de una: -cuando te volver a argentina?
-eh? no sé por que?
-porque quizá te tengan que operar y de ahí tenés 6 meses de reposo
-queeee???
-si, pero no estoy seguro, así que te recomiendo que vayas y arranques fisioterapia, y el fisioterapeuta te va a saber decir mejor que tenés.
Salí de la clínica en shock, y me puse a llorar desconsoladamente. ¿¿¿que me estaba pasando??? ¿¿¿que coño tenía??? La pase para la mierda.
Fui al fisio al día siguiente y afortunadamente todo fue bien, 80% de probabilidades que no tenia ningún ligamento roto así que me dió varios ejercicios para hacer en casa.
Fuí por tres semanas al fisioterapeuta-psicólogo (sí, era muy bueno escuchando mambos de gente tarada como yo) hasta que me dijo: -si pasas estas 3 pruebas de ejercicios no me tenés que ver más acá. Las pasé y no volví más al consultorio y no necesité más del fisioterapeuta-psicólogo. Y acá estoy. Pudiendo caminar y eso es lo mas importante.

En Ohakune también viví también un proceso de separación intenso. Con Jack nos habíamos conocido ni bien llegue a Nueva Zelanda y de ahí empezamos a viajar y trabajar juntos por la isla sur y después la norte. Esta vez, los planes cambiaron, nos separamos y cada uno tomó un rumbo distinto: él se quedo en Ohakune y yo me fui a trabajar a una granja al sur.

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Tongariro Alpine Crossing, LA aventura

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Noches de luna llena

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Días de nieve yendo a trabajar

Había terminado mi contrato de trabajo en el centro de ski y estaba en medio de una separación, no sabía que hacer de mi vida, así que fui para una granja.
Fue ahí, vacunando a las ovejas antes de que le cortasen la cola y maniobrando a los terneros para que le saquen los cuernos, cuando hice un clic y me di cuenta de la tremenda desconexión que tenía cada vez que comía un plato de carne: no sabía de donde carajo venía. (Bueno, sí sabía que venía de las vacas, pero pensaba que se las acariciaba un poco más.)
Cuando presencie y fui parte del proceso de criar un ternero y un cordero fue cuando empece a sentir que algo de todo eso no me cerraba. La calidad de vida de los animales en estas granjas, debido a los sistemas actuales agro industriales y al mero enfoque de alta producción, pasaba completamente a un segundo plano. Ni siquiera a los perros podía acariciar. -No! don´t stroke the dogs!- me retaba el granjero. Resulta que si jugaba o acariciaba a los perros (que vivían en jaulas 2×2 dicho sea de paso) estos malinterpretaban el mensaje y pensaba que estaban haciendo las cosas bien y después no hacían su trabajo corriendo vacas y ovejas.
Aguanté una semana y no pude mas. Abandoné ¨la granja de mal hermano¨ y me fuí en busca de nuevos rumbos.
Fue una experiencia muy fuerte para mí. Ahora sé que si bien me gusta probar todo tipo de trabajos, hay cosas que definitivamente no son para mí. aprendí a conocer un poquito mas cuales son mis limites en lo que HAGO y en lo que COMO. Aprendí a conectarme un poco más con el origen de cada plato de comida.

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Lo que más se ve en Nueva Zelanda: ovejas. Que lindo verlas así, tan libres…

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Y que feo verlas así. Acá es dónde fuí a trabajar y me comí alto garrón. Los corderitos eran taaan tiernos! Pero tenía prohibido demostrar cualquier cosa parecida al cariño. Lo más tierno que podía hacer era vacunarlos.

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Así le cortaban la cola a los corderitos (tengo fotos muy tristes pero decidí no publicarlas)

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Lo único lindo que tenía la granja: la vista

Me fui de la granja y llegue a la isla mágica, como la llaman algunos a Waiheke island.
después de un año en Nueva Zelanda, me agarró la extrañitis y necesitaba estar rodeada de argentinos. Y que mejor lugar para eso que esta isla.
Yo calculo que de los 1000 argentinos que consiguen la visa kiwi, 800 se vienen a esta isla.
Conocido es el caso del equipo de fútbol de la B en NZ formado por 22 argentinos que vinieron para quedarse.

Al moverme acá me siento como si estuviese en una provincia que todavía no conozco en Argentina. Voy al super, voy al bar, voy a la casa del vecino y escucho el español re-argento. Me siento como en casa. Acá no tengo que pensar en ingles, las palabras me fluyen sin que las tenga que elaborar en complicadas oraciones.

Ayer estuve charlando con uno de los chicos que forma parte del Waiheke United y me dice algo que me quedo resonando todo el día:
-En esta isla uno no hace amigos. Hace familia.
Esto era lo que necesitaba.

Llegue acá digamos que de casi casualidad.
Si bien me interesaba conocer la isla, mi intención era hacer el voluntariado en la granja hasta mi ultimo día en el país. Como no me gusto aquel trabajo, de un día para el otro me puse a buscar voluntariado en la isla y una señora me invito a la casa para que la ayudase con el jardín. Ya estaba, arme mi mochila, y al rato estaba en la ruta haciendo dedo para cruzar casi toda la isla norte e ir de una punta a la otra para tomar el ferry a Waiheke.

Llegue y acá estoy, escribiendo algo en mis momentos libres, ayudando a arrancar los yuyos del jardín de la señora de la casa, aprendiendo a sembrar flores, a usar la  pala y la carretilla, y por su puesto, dándome una buena dosis de juntadas argentinas al ritmo de la cumbia.

Ultimamente, se me cruzó por la cabeza quedarme un tiempo mas en Waiheke, pero la idea de volver un tiempito a Australia también es muy tentadora.
Voy a ver que hago.
Por el momento, me despido de Nueva Zelanda por las dudas.
Igual, seguro volveré…

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Onetangi, la playa más larga de Waiheke

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Uno de los tantos viñedos de la isla

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Seagulls everywhere

En estos doce meses viví en cinco lugares diferentes, el correo me llegó a cuatro direcciones distintas (Rue Lavaud, Goldfinch street, Arawa street, Crescent street), nunca usé llaves para entrar a una casa, me tomé tres aviones, salí una sola vez del país, leí diez kilos de libros, no me enfermé, trabajé en cinco lugares distintos como moza y ayudante de cocina, hice voluntariado cuatro veces: en un barco, en un hotel, en una granja y en un jardín. Compré un auto, viajé más de dos mil kilómetros, tomé un colectivo, hice dedo y subí a más de veinticinco autos distintos. Me paró la policía tres veces para control, me cobraron una sola multa (por ir a baja velocidad), hice mas de quince trekings, me animé a hacer skydiving, aprendí lo que es el bouldering, fuí a escalar dos veces, me subí a un helicóptero por primera vez, anduve una vez en kayak, aprendí a manejar las velas de un barco, no me metí al mar, jugué con la nieve, esquié, me esguincé la rodilla izquierda, fuí una vez a ver a Los Pumas contra los All Blacks, dormí más de veinte veces en el auto, fuí mas de diez veces a trabajar en bicicleta, saqué a pasear cuatro perros distintos, aprendí a cocinar treinta y dos recetas distintas, me hice cuasi profesional haciendo sushi, probé una incontable variedad de vinos, adelgacé y engordé más de 3 kilos, aprendí a ser más consciente de lo que como, me comprometí con la causa en contra del maltrato animal, me hice tirar las cartas del tarot una vez, conocí personas de quince países distintos, me enamoré y lloré por un amor que no pudo ser una vez, no ví ningún kiwi (animal), comí más de cien kiwis (fruta), choqué un auto (una raspadurita nomás), temí por mi vida bajando de una montaña una vez, me hice mi primer tatuaje, me morí de frío un millón de veces y nunca jamás de los jamases sufrí calor.

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Mis distintas versiones de aventurera: 1) Skydiving

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2) Helihiking

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3) Skiing

Haciendo el recuento, no puedo creer que tanto haya cabido en doce meses.
Y fue cuando empecé a armar la mochila por enésima vez que comencé a tener un encuentro de emociones, confrontaciones de ideas, miles de preguntas, y muchísimos revuelos internos. Es como que voy haciendo el “clic” de que me voy de Nueva Zelanda, voy cayendo.
Ya empecé a llorar (sí, lloro -y rio- por absolutamente todo). Extraño este país, sin siquiera haberme ido. Lloro, pero no de tristeza, no de angustia, no por no poder desprenderme del lugar. Es más, cada vez me doy más cuenta de que mi necesidad de movimiento es igual que mi capacidad de desapego (lo cual no sé si estará bien o está mal). Si lloro no es porque no me quiera ir,  es por el mismo cambio.

Cambios externos, cambios internos. Cambios en muchos sentidos.
Es como que antes de irme de viaje supiese todo: de dónde venía, quién era, qué tenía que hacer para adelgazar, que deportes me gustaban, dónde iba a vivir por el resto de mi vida, qué cosas me encantaban, cómo funcionaba mi cabeza, cómo funcionaba la sociedad, el planeta y la galaxia entera.
Pero me fuí de viaje y desde ahí las cosas empezaron a cambiar bastante: no tengo número, ni letra, ni color favorito (ni música ni ropa ni película). NI, NI, NI. Tomo agua o soda y me da lo mismo. Escucho Metallica o Beethoven y también me da igual. No soy vegetariana ni soy carnívora. No soy de izquierda ni soy de derecha. No soy de Boca ni de River. No tengo equipos preferidos ni un deporte que me re super encante. Me gusta viajar y me gusta quedarme quieta leyendo en un escritorio. No quiero conocer ningún país y quiero conocerlos a todos. No sé que debería hacer de mi vida ni que la vida debería hacer conmigo… sólo sé que nada sé.

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Las enigmaticas Moeraki Rocks en la isla sur

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Más ovejas

Voy a terminar (porque algún día tenía que poder hacerlo) este post agradeciendo:

Gracias Nueva Zelanda por darme la oportunidad de venir con una visa working holiday de intercambio, a trabajar, viajar, ahorrar o hacer lo que se me plazca. Gracias por la calidez de tu gente, la belleza de tus paisajes, la tranquilidad de tus pueblos y el pequeño encanto de tus ciudades.
Gracias a la parte de mi familia que me apoyó en esta idea y también a los que, aún no compartiendo mi idea, me acompañaron y estuvieron a mi lado.
Gracias a mis amigas que me acompañaron virtualmente a lo largo del camino.
Gracias tecnología, por hacer que las distancias se reduzcan y pueda sentir que las personas con las que hablo están acá al lado.
Gracias a todas aquellas personas que crucé en el camino y me regalaron una sonrisa. Gracias a quienes me dejaron algo de sí como así también se llevaron algo de mí.
Gracias destino porque hiciste que encontrara en el camino amigos que todavía no conocía y por hacer que cada quién con sus particularidades haya contribuido a hacer de esta experiencia algo especial.
Gracias a la ruta por llenarme de anécdotas y aprendizajes que nunca voy a olvidar.
Gracias a las plataformas de CouchSurfing, HelpX y Workaway, por ser herramientas tan valiosas en mi viaje.
Gracias viaje, por cambiarme, por permitirme seguir descubriendo que es lo que amo hacer, por desafiarme constantemente y ayudarme a mantener encendida la chispita de querer seguir viajando.

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Hasta pronto New Zealand!

*Nueva Zelanda: Doce meses y algunos des-balances es el volumen dos de este otro post: Australia: Doce meses y algunos des-balances.