Tongariro en 10 sensaciones

Esta es una breve narración de lo que fue mi experiencia cruzando un reconocido parque nacional en la isla norte de Nueva Zelanda: El Tongariro Alpine Crossing. Decidí transmitirla a través de diez sensaciones. Acá van:

1*Sacudón
Tiririri tiriri tiriri – suena la alarma del despertador
Postergo 10 minutos más, ¿total?
Tiriri tiriri tiriri – suena la alarma por segunda vez.
Vuelvo a postergar otros 5 minutitos
Tiriri triri tiriri…
YA ESTA, ME LEVANTO ENTONCES! –le grito al despertador (?), como echándole la culpa del tener que madrugar.

Son las 6 de la mañana y ya estoy lista para la aventura del día.
TONGARIRO ALPINE CROSSING? VENÍ NOMÁS, NO TE TENGO MIEDO! – digo para mis adentros- (con un poquito de cuiqui)…

Medias normales, medias termales, calza, pantalón para la nieve, camisa térmica, campera polar, campera térmica y para la lluvia, gorrito de lana, bufanda-vincha-protector (o multi-functional headwear, en ingles), guantes para la nieve, anteojos de sol, protector solar, zapatillas y crampones (o botines según yo) para la nieve, me termino de vestir a los 15 minutos.
En la mochila llevé: las botas para la nieve, un pulóver, dos litros de agua, frutas, barras de cereal y dos wraps para patear el día.

Nos esperaban más de ocho horas y media de caminata.

IMG_20160703_093001423

Mapa del trayecto

2*Flojera
Tongariro no quedaba a la vuelta de la esquina. Para llegar debíamos hacer 70 kilómetros. Google maps decía: una hora en auto.
Éramos seis y fuimos en dos autos de seis. La idea era ésta: estacionábamos un auto en lo que iría a ser el final del crossing, nos subíamos todos al otro auto y lo estacionábamos al principio del recorrido. (Lo que permitiría que al final pudiésemos ir en un auto a buscar al otro y no pagar el colectivo).

La pachorra con la que viaje esos 70 kilómetros no está en los libros. Me iba preparando psicológicamente para el agotamiento, y en vez de estar con toda la energía, mi manera era al revés: con pereza.

Sin título

Mapa del trayecto en auto

3*Excitación
Llegamos a lo que sería el punto de partida propiamente dicho y la adrenalina me invadió súbitamente.
Bajé del auto, fui al baño y me paré frente al mapa de lo que sería el recorrido y pufff…
No pude parar
Me desperece de un sopetón y como si nada de lo anterior hubiese ocurrido, comencé a caminar a la par del grupo a un ritmo tranquilo, aunque no podía contener el ritmo de mi corazón, que desbordaba de excitación.

Caminamos, caminamos y caminamos. Sin sobresaltos.
No había grandes subidas y todo parecía taaan fácil…

DSC00720

Primeros pasos

DSC00727

Plantas congeladas

DSC00716

Copos de hielo

4*Conmoción
De a poquito el paisaje marrón se iba transformando. Las plantas comenzaban a tener rasgos distintos. Como un helado de sabor granizado pero al revés, los chips de chocolate blanco se iban apoderando cada vez más del paisaje.

DSC00728

De a poco se comenzaba a percibir la nieve

Hasta que…
Siiiii
Nieve!!!
El paisaje se convirtió en chocolate blanco completamente.
Había nieve y nada más que nieve. Por todos lados!

Sin pensarlo demasiado, jugamos a la famosa guerra de nieve.
Después quise hacer “el angelito” acostada en la nieve pero no me salió, porque tenía mucho frío.
Verticales, pasos de ballet (?)
A lo lejos no me cansaba de mirar boquiabierta a un chino rapero que nos pasaba el trapo a todos los que hacíamos piruetas. Se levantaba con un brazo, apoyaba solo la cabeza y giraba, después hacia una araña, pegaba un salto y repetía la escena otra vez… quehijoepu´

DSC00759

Pará… ¿esa no es Paloma Herrera?

5*Cansancio
Después de meta jugar en la nieve, se vino lo peor (o lo que yo consideraba que era lo peor hasta ese momento – ya que después vendría lo realmente peor de lo peor-) : la subida.
Ya habíamos subido un tramo y mis pulmones no daban abasto. Encima ahora al desafío de la subida, y como si eso fuese poco, se le agregaba la nieve.

Había partes en las que subías amarrándote a una cadena (como trepando), otras sujetándote a una soga de metal que estaba amarrada a grandes piedras, y otras sosteniéndote como puedas en la nieve.
En ese momento agradecí haber llevado los crampones que me habían dado en el trabajo (aunque al principio pensaba que no servían para nada).
Gracias a esos fue que avance “con confianza” por sobre la nieve. Obvio que al final terminé perdiendo uno en el camino sin darme cuenta.

DSC00775

El volcán Ngauruhoe a nuestras espaldas

6*Suspensión
Era una de las últimas del grupo en avanzar sobre la nieve. Mis compañeros esperaban sacando fotos desde la cima.
Cuando llegué no pude dejar de admirar semejante paisaje.
Ahí fue cuando pensé sobre la importancia de tener conciencia del presente.
Hay veces en que viajando siento que no le doy el valor que corresponde (si es que hay algún parámetro para medir el “valor correspondiente” de las cosas) a lo que sucede a mi alrededor a cada instante. Hay momentos en los que me gustaría frenar un poco más, respirar hondo, hacer consciente la respiración, caminar despacito, tomar consciencia de mis pasos, sentarme a pensar en nada. Sin necesidades, sin restricciones, sin distracciones, sin obligaciones.
Sin tomar fotos, sin pensar en el próximo destino, sin pensar en abrir los emails o en leer los mensajes de facebook.
Simplemente invertir ese tiempo dándole valor al instante, a lo que acontece al lado mío, a mi alrededor, a lo que el mundo me está queriendo decir, a la impronta que me quiere dejar.
Dedicarme a estar.
Dedicarme nada más y nada menos que a recuperar la emoción perdida por las cosas simples de la vida.

DSC00797

Como si cuando dejara de pensar, el mundo apareciera…

DSC00803

Uno de los lagos congelados con los que nos cruzamos

DSC00813

No son nubes, es el humo del calor que sale de la tierra volcanica =S

7*Miedo
No sé si voy a poder transmitir con claridad lo que sentí. Si digo que esos pocos minutos para mí fueron una eternidad, me quedo corta…

Llegamos al tope de la montaña y viendo el esfuerzo que habíamos hecho y especulando que lo que nos quedaba por delante era solo ir en bajada, nos pusimos a almorzar de lo más tranqui.
Lo que no sabíamos es que la primer bajada sería tan empinada y en que ese preciso momento del año estaría tan nevada que no nos quedase otra alternativa más que hacer culipatín al borde del precipicio.
Comenzamos a bajar y, canchera al principio, empecé probando: 50 centímetros caminando, 30 centímetros sentada, 20 de costado… todo venía bien hasta ahí. En un punto quede ahí, en el peor lugar de todos, estancada en medio de la bajada al lado del precipicio, llena de nieve. Quería hacerme la fortachona pero no podía, estaba cagada en las patas. En un momento cruzo por mi cabeza aquel consejo de mi viejo compañero de casa Ant, el guía de montañas: “si te quedás mucho tiempo sobre la nieve, ésta se derrite y por lo tanto uno tiende a resbalarse más”, y me paralizaba aún más. No sabía que hacer. Literal. El culipatín al borde del abismo no me convencía, y estar más alejada del borde suponía caminar con crampones a un paso firme y seguro, pero la señora firmeza y seguridad que me venían acompañando hasta el momento, ahora brillaban por su ausencia. ¿A dónde voy? ¿Cómo hace el resto de la gente? ¿Por qué soy tan miedosa? ¿Por qué no puedo relajarme, mandarme de culipatín y cagarme de risa? Perdida en mis miedos, veo que por atrás venían tres pibes: se sacaron en un segundo las camperas, las transformaron en alfombras, y se largaron nomas de culipatín. Mientras tanto… yo seguía ahí, en el mismo lugar, varada.
En un momento no pude más y empecé a gritar desesperadamente “I need help”. Viene Jack a socorrerme e intenta darme un par de consejos, pero era como si le hablase a una pared, yo estaba paralizada. No sabía de dónde agarrarme, me movía y me resbalaba, y si me resbalaba y no me podía frenar, ahí estaba el señor precipicio, recordándome su presencia.
En ese momento me puse a llorar. No sé si lloré de miedo, impotencia, inhabilidad o qué, pero en el fondo sentí que ese llanto me alivió. Después de ese momento, comencé a caminar lentamente hasta que llegué a tierra firme nuevamente.
Esa bajada fue uno de los souvenirs más aterradores que me llevo de esta experiencia. No recuerdo haberme visto en otra oportunidad tan mano a mano con el miedo como en esa.
A veces quisiera ser montañista y tener extirpado el órgano del terror a las alturas…

DSC00793

Paisajes de lpm si los hay!

DSC00786

Pequeño hoyuelo

13528901_10209626653401262_735558925395380225_n

Tranqui almorzando frente al volcán

8*Recreación
Y si, esta vez ya habíamos cruzado -seguro,seguro- la peor parte, ya no quedaban más bajadas grosas ya se veía todo llano, y eso me daba muchísimo alivio, y eso daba lugar a la risa.
Cual si fuésemos niños, nos pusimos a tirar cascotes y piedras al lago. Pero este lago tenía una pequeña salvedad: estaba congelado. Tirábamos piedras grandes para intentar hacer un hueco en el hielo, pero era tan difícil que las piedras terminaban dando saltitos a modo de un sapito y luego se deslizaban. El hecho de que sea más seguro y que no haya precipicios por delante cambiaba completamente mi humor. Ahora podía disfrutar mucho más del momento.

DSC00832

Y pensar que por esas montañas estuvimos!

9*Precaución
Una vez que pasamos la nieve y comenzamos a caminar por tierra firme, ya casi en el final del tramo, hubo un cartel que más me llamó la atención que decía: Alto riesgo, Zona de lahares.
Está bien, entiendo que en Nueva Zelanda haya cuarentaynosécuantos volcanes, ¿pero por qué todo esto junto en una sola caminata? ¿Era necesario?

DSC00849

Alguno de los carteles con los que nos cruzamos decía así: “Usted está entrando en una zona de alto riesgo. Muevase rápido. No se detenga”

10*Apurón final 
El Tongariro Alpine Crossing era exigente. Paramos muy pocas veces y al final del tramo se nos venía la noche. Comenzamos a caminar más y más rápido, nos separamos y fuimos de a dos. Cada uno a su propio ritmo.
Inevitablemente el último tramo nos tocó hacerlo de noche.
Vimos el último cartel que decía que el estacionamiento estaba a 45 minutos y respiramos aliviados. Resulta que nos pusimos a caminar y los números no nos cerraban. Estábamos caminando hacia una hora y todavía no habíamos llegado. No había gente a nuestro alrededor así que en un momento comenzamos a replantearnos si habíamos tomado el camino correcto o no.
Se hacía más de noche, no se veía un pomo, y agradecí que mi compañero tuviese una linterna en el bolsillo (pequeño gran detalle que pasé por alto al momento de empacar).
De a poquito íbamos llegando al final, escuchábamos voces, pero eran falsas alarmas, el estacionamiento estaba aún más lejos. Llegué a imaginarme que era la protagonista de la película “el proyecto de la bruja de blair”, solo faltaban encontrar los muñequitos de palo colgados en los árboles…

Ya casi en los últimos cien metros, a falta de lugar donde comprar “recuerdos de…”, compré terreno: me caí y me raspe la rodilla, y ese terminó siendo el recuerdo material más barato que me llevé del recorrido.

Y así fue que terminamos el tramo despúes de 8, 9 o 10 horas (perdí la cuenta). Si me avisaban antes me tomaba un helicóptero.
El Tongariro es así: o lo amás … o lo odiás.

DSC00847.JPG

Esto fue lo que encontré en el último baño del trekking. Lo comparto. Me sentí muy identificada.

Una respuesta a “Tongariro en 10 sensaciones

Los comentarios están cerrados.