Bienvenue to Akaroa

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The Brasserie

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Rue, Rue, Rue

#Bonjour, Rue Lavaud, Chez la mer, Brasserie…

Pisé Akaroa y se me llené de preguntas:
– ¿Y esto??? ¿De dónde salió? ¿Dónde miercole estoy?
– ¿Por qué hay banderas de Francia por todos lados?
– ¿Por qué las calles tienen nombres en francés?
– ¿Se llama Akaroa? ¿No es éste un nombre maorí?
– ¿Por qué hay una iglesia mitad maorí mitad cristiana? ¿Por qué el Jesucristo del cuadro está conduciendo un barco?
– Welcome Mademoiselle to Akaroa!!! ¿Y a este que bicho le picó? ¿Por qué me habla en tres idiomas a la vez?

Así fue, Akaroa, a primera vista, parecía ser la tierra de la confusión. Pero no pasó mucho tiempo para que empezara a aclarar un poco el panorama:
Observando el mapa de Nueva Zelanda, hay una península que llama mucho la atención por su forma: un montículo que se eleva sobre el océano y agrietado por una zanja enorme en el centro fruto de su origen volcánico hace aproximadamente ocho millones de años. Hoy en día, se puede observar como las erupciones volcánicas han dejado un paisaje hermoso, lleno de colinas y bahías.

A mediados del siglo XIX, Akaroa fue asentamiento primero de franceses, y después de ingleses. Por eso uno de los rasgos característicos del lugar es su pasado colonial francés, que todavía se deja ver en el estilo de sus casas, en los nombre de las calles, en las banderas de algunos locales, etc.

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Mucha French Connection

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La Boucherie du Village

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Banderitas de Francia por doquier

Voy a contar algunas anécdotas de lo que fue mi estadía en Akaroa:

#experiencia en el restaurante italiano
En una ciudad plagada de banderas francesas, con nombre maorí y en medio de un país que fue (y sigue siendo – a su manera-) colonia inglesa, trabajé -ni más ni menos- que en un restaurante italiano.
Esta vez me contrataron de moza y trabajé de moza. Como mi experiencia también en este ámbito era casi nula, no me quedó otra que aprender (a veces a los golpes).
De esta experiencia me llevo tantas anécdotas y aprendizajes que hasta me puse a hacer una lista de los más relevantes:
*El día que un grupo de seis personas me hicieron bullying por mi nivel de inglés, hablándome con lengua de señas para hacerse chistes entre ellos o preguntándome ¿Cómo se dice “es sábado a la noche y no tengo ganas de trabajar” en español?. Ese día fue cuando me fui atrás del mostrador a llorar y le pedí a mi compañero que me banque, necesitaba desahogarme, la situación me estaba superando.
*Llega una familia con un nene de tres años. Los atiendo y como veo que el nene estaba bastante inquieto, me pongo a buscar algún juego que haya en el restaurante que pueda llegar a entretenerlo. Encuentro unos lápices de colores y unos papelitos y se los doy. Resulta que al nene le gustaron tanto con los lápices y los papelitos que empezó a hacer dibujitos y a llevármelos a cualquier lugar que esté en el restaurante. Y…¡para que! Después me copé yo y empecé a garabatear lo que me salía: un Bob esponja, un Mickey mouse, un patito, un cerdo…
Lo que comenzó como un intento de calmar a un pibe inquieto terminó siendo la diversión del día y uno de los mejores recuerdos que me llevo del trabajo.
*Cae a cenar una familia de tres: los padres y la hija adolescente. De entrada arranca mal: no les convence el menú, puedo verlo en sus caras. Lo que no entiendo es porque se quedan. Piden un vino, pan, y los platos principales. Ante cada cosa que les llevo a la mesa ponen cara de “que desagradable”. Le digo a la chef si puede ella llevarle el plato y no le cuento nada de lo que estaba pasando, cuando vuelve me dice: “que cara que tienen los de aquella mesa”. Ahhh no era la única que lo percibía, al menos ya éramos dos. Llega la hora de pagar la cuenta y ya se habían bajado dos vinos tintos. Imprimo la cuenta y solo le estaba cobrando uno. La mujer pega una risita cómplice a la hija y ahí me doy cuenta ¡ahh no, me olvidaba de anotar el otro vino!”. La cara de la mujer se transformó, vino al mismo lado del mostrador y agarró la calculadora para hacer ella misma las cuentas y comprobar que no le esté queriendo meter el perro. Después de un gran esfuerzo y volverme a quemar las neuronas tratando de resumir otra vez lo que habían consumido, la señora no iba a darme la razón, puso su mejor cara de traste (peor que la que tenía cuando llego) y pagó de mala gana. Los tres chinchudos como llegaron agarraron sus cosas y se fueron con el ceño fruncido y tan chinchudos como cuando llegaron.
*Una pareja que pisaba los sesenta comienza a hablarme, hacer chistes y contar cosas desde que llegan. Me piden algunas referencias del lugar, me cuentan que venían de Holanda, hablamos de la reina, el idioma, la comida, la bebida, etc. Antes de irse, me hablan de su hija que estudia antropología, que está aprendiendo español y portugués, y me pasa el contacto. Se van contentos, con un gran “chauu!” y dejando buena propina… Al rato, terminamos siendo amigos en Facebook, compartiendo historias, y en unos meses su hija está viniendo para Nueva Zelanda. Esas cosas que tiene la vida restauranistica…

Cada vez que entraba un cliente nuevo al restaurante, comenzaba un juego nuevo para mí.
Me propuse en esta oportunidad, hacer del trabajo un juego, (como supongo que debería ser).
Jugaba a ver quién llegaba, leer su rostro, sus gestos, su forma de hablar, su postura, la forma de vestirse, e intentaba adivinar qué del menú les podría llegar a gustar más y qué iban a pedir. “Para éste un Salmón, para ésta un Bourginon, aquel seguro que pide Carbonara, aquel otro una Margarita…” y así interminablemente. Era la forma que encontraba de darle la vuelta a un trabajo que puede llegar a ser lo más aburrido y agotador del mundo si uno tiene ganas de verlo así.
Yo me desafié a verlo como un juego y a jugarlo como tal, y puedo decir que al final, terminó dando buenos resultados.

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Se alcanza a ver el billete en la botellita de la propina? ja

#trabajo esclavo en el hotel

Otra de las cosas que hice en este lugar fue housekeeping. Cambiando sabanas, armando camas, aspirando alfombras y lavando platos. Nada de otro mundo. Al mes, después de haber juntado un buen dinero, terminé renunciando a este trabajo. Ya me estaba resultando imposible ir todas las mañanas con cara de “recién me levanto” a limpiar de mala gana. De a momentos, en pleno armado de cama, me agarraba la loca y me cuestionaba la vida entera. Decidí que la situación no daba para más cuando comencé a padecer tener que ir a trabajar 24 horas antes de comenzar a trabajar: salía del trabajo a las 4pm y ya estaba lamentándome por tener que ir al días siguiente a las 10am de nuevo. Insoportable. Insostenible. Intolerable. Insufrible. Inaguantable. Imposible.
Después de la experiencia en este hotel, creo que me dicen la palabra “limpiar” y huyo despavorida. Aunque pensándolo bien, no fue tanto la limpieza en si lo que hizo que esta experiencia sea fatal para mí, sino el contacto nulo con las personas que trabajaban allí conmigo. Siempre fuí de las que pensaba “puedo crear un ambiente de trabajo tan cómodo como quiero que sea” pero me dí cuenta de todo lo contrario.

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Popurrí, (me pongo a hablar del trabajo en el hotel y me ataca el sueño). Por dónde andará la mente de Wally?

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Estos son los cartones que estaban preparados en el hostel exclusivamente para salir a la ruta a hacer dedo

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A veces sentía que en Akaroa podía pasar de todo, en la iglesia, por ejemplo, en lugar de encontrar el clásico Jesucrito crucificado, me encontré con éste, timoneando un barco (?)

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o una iglesia mitad maorí, mitad cristiana (?)

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Otra de las tantas cosas que me sorprendieron de Akaroa fueron las alcancías y la despreocupación de la gente en dejar las cosas a la buena de dios…

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Llevabas una plantita? un libro? una campera? un par de zapatos? Ahí estaba la alcancía para que aportes lo que consideres necesario

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…o estos juguetes en el medio de la playa, para jugar un rato y devolverlos

#experiencia en el Fox II
A veces los momentos llegan cuando tienen ganas.
Estábamos trabajando: de mañana en el hotel, de tarde en el restaurant y nos quedaban un par de horas en el medio. Un día, abro mi correo, y nos responden un email. “pueden venir a voluntariar al barco cuando quieran”. Como no teníamos lugar en la agenda (guaaa), hablamos con el capitán y quedamos en ir “cuando podíamos”. Era un voluntariado que haríamos de puro amor al arte, sin recibir alojamiento o comida a cambio, lo único que obtendríamos a cambio de nuestro trabajo seria la experiencia. ¡Y vaya si lo fue!
Esto escribí en mi Facebook el día que terminamos el voluntariado:
Y así termina otra de esas experiencias que los viajes te dan… Hacer voluntariado en un barco: aprender de nudos, velas, vientos y delfines. Sentir cada vez que vas a subir al barco el mismo cosquilleo que sentiste aquel día que, siendo niño, recibiste tu primer juguete, es algo que no tiene precio. ¡Chin chin por más aventuras cómo ésta!

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Awww los delfines! Nunca fallaban!

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El barco desde atrás

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Agarrate Catalina

La primera vez que vine a Akaroa, supuse que quedaría un día.
Y me quedé tres meses. Me gustó bastante el lugar.

Y no soy la única.

Cada año, más y más turistas visitan este lugar. Por el verde, los montes, los pájaros, las ovejas, el patrimonio maorí, el patrimonio francés, las montañas, los delfines, los viñedos, los mariscos, el rugbi, la hospitalidad de la gente…

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Lighthouse de Akaroa

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Akaroa heads

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(perseguí al barco todo el día)

A veces se me dá por preguntarme si la belleza natural de Nueva Zelanda tiene algo que ver con el hecho de que fue el último país del mundo en el que los seres humanos se asentaron…

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Postal de Akaroa