Yo no quería trabajar en la cocina

Nueva Zelanda nunca estuvo en la lista de mis destinos prioritarios.

La idea de viajar por este país comenzó a engendrarse en mis últimos meses en Australia, fines de 2014.
Al vivir un año en Australia conocí mucha gente que me hablaba de Nueva Zelanda comparándola con el “paraíso” (posta). Así fue como poquito a poquito comenzó a intrigarme y para navidad me hice dos auto regalos que me llenaban la panza de cosquillas: una guía de viajes para comenzar a organizar mis pasos, y otro: apliqué para la visa (work & holiday) de un año a kiwilandia y la pagué. Solo había un requisito que me faltaba y tenia 15 días para cumplirlo: enviar un informe de Rayos X a inmigración Nz para probar que no tenía tuberculosis (Argentina, como algunos otros países de Latinoamérica, es considerado un país en riesgo de tuberculosis, razón por la cual me pedían estos exámenes a la hora de aplicar).
Días después de la aplicación, me encontraba en un pueblo en medio de la nada en Australia y me puse a averiguar lugares donde podía hacerme estos exámenes (debía ser con un médico especifico, autorizado por inmigración NZ, si, así de estrictos son). Cuestión que pasaron un par de días y en uno de esos tuve mi percance con el que terminé internada en el hospital por diez días, y mandé los Rayos X hechos en el hospital, pero olvidé un detalle menor: no era con el medico que ellos pedían. A los pocos días me llega un email de inmigración diciendo que me habían declinado la aplicación porque mis rayos no habían llegado a tiempo y el medico no era el medico que ellos autorizaban.
Bue. Respiré hondo y me propuse volver a intentarlo cuando volvía a Argentina.

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Gracias a mi amiga Nat por la idea 😉

Y volví a aplicar. En marzo llegué a Rosario, Argentina y al día siguiente ya estaba tomando un colectivo a Buenos Aires exclusivamente para ir al médico. Solucioné lo de los rayos en unos minutos, y a los pocos días mi visa fue aprobada. LA emoción. Ya estaba todo listo, solo faltaba comprar el pasaje.

Me llevó varias semanas decidir la fecha en que quería comenzar mi aventura en Oceanía. Me pasaba prácticamente todos los días buscando vuelos y haciendo comparaciones de días, fechas, escalas, rutas y horas en mi cuaderno. Hasta por las noches soñaba con las ecuaciones que tenía garabateadas en mi cuaderno, y en mis sueños aparecían todo el tiempo vuelos con oferta a mitad de precio (¿?). Un día desperté sobresaltada y corrí a la computadora, no me acuerdo que habré estado soñando para ese entonces, pero algo me decía que tenía que comprar el vuelo ese día y dejar de procrastinar.

Después de varios clics (y dolores de cabeza), estaba volando a Nueva Zelanda el 31 de octubre de 2015 desde Paraguay.

Estuve una semana en Auckland y luego fui directo a Mt Cook, para trabajar en un restaurante (al cual había aplicado por la posición de MOZA desde Argentina) y que me había dado el OK. Y así comenzaba mi primer acercamiento al mundo de la gastronomía, aunque desde un lugar que nunca me hubiese imaginado…

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Apliqué para moza, y me pusieron en la cocina :O (no me pregunten por que)

Mt Cook era un lugar de ensueño. Recuerdo mis primeros días allí, cuando salía afuera solo para observar las montañas. Cada nuevo día me resultaban impactantes por diferentes motivos: un día por como las nubes las escondían, otro, por como el sol se veía reflejado a distintas horas del día. Con lluvia, nevando, con estrellas. Al principio cada día era distinto, recuerdo que me preguntaba si algún día me cansaría o no de observarlas.

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Vista desde el living de mi casa

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Me despertaba y lo primero que hacía era abrir las cortinas

Iba a trabajar caminando o en bici, aunque la ida se me complicaba por las subidas. Lo lindo era llegar al restaurante y dejar la bici suelta sin preocuparme por ponerle candado. Lo mismo en nuestra casa, jamás cerrábamos la puerta con llave.

La vuelta a casa en bici se hacía un poco peligrosa. Era a favor de la pendiente y la bici iba muy rápido. Pero el peligro no era la bici en si misma ni la velocidad que agarraba, sino que estaba en la posibilidad de que se cruce alguna liebre (o conejo para mí) en el camino. Si, Mt Cook estaba lleno de “conejos”. Era la tardecita y los veías por todos lados comiendo, correteando. Más de una vez tuve ganas de domesticar a uno. Pero me daba lastima. Todos los seres vivos coexistían tan libremente en ese lugar, que hasta a los niños que vivían allí se los llamaba en joda “the free range kids” (como los “free range eggs”), por que andaban correteando por el pueblo todo el día.

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Por las tardes los conejos…

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y por las mañanas los patos…

Trabajar en el restaurante me abrió una puerta a actividades que nunca antes había practicado: heli-hiking en la montaña, bouldering en las rocas y kayaking en los glaciares.
También hice varios trekkings por mi cuenta (menos los que tenías el precipicio al lado), y me puse a prueba en mi capacidad física y mental. El miedo a las alturas lo fuí superando de a poco, y, aunque lo sigo teniendo, creo que dí un gran primer (y ultimo?) paso viviendo en Mt Cook.

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Primera vez que subía a un helicóptero

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Kayaking en el lago formado por el derretimiento de los glaciares. En la foto: con un pedazo del iceberg que andaba flotando

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Después del trekking por Sealy Tarns, paré a descansar, comer unos manís, y observar el paisaje

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No importa si salí a caminar sin la botellita de agua, la naturaleza proveerá

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Mi primer experiencia de bouldering, ni les cuento como me quedaron doliendo los brazos al día siguiente

En la cocina aprendí algunos oficios de chef y a preparar varios platos que ni sabía que existían.
La cultura culinaria de Nueva Zelanda me confesaba sobre los neozelandeses, por más que en Mt Cook mi contacto con los kiwis era prácticamente nulo (ya que la mayoría de los que iban al restaurante eran asiáticos).

Pero laburar en la cocina tenía su precio. No había día alguno que no terminaba de trabajar con una nueva quemadura o cortadura. Pelando papas, sacando la pizza del horno, cortando pescado, dando vuelta la hamburguesa… cualquier eventualidad que estaba a mi alcance me llamaba.
Los últimos días de la primer semana descubrí un dolor que ni sabia que existía: el dolor de manos, “es normal, es porque las usas todo el tiempo acá”, dió por asegurado uno de mis compañeros.

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El restaurante (cuando me fuí de Mt Cook me dí cuenta que solo había sacado esta foto del restaurante con el celular en la que encima ni se ve el paisaje)

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Foto entre cuchillos (como de costumbre) con algunos de mis compañeros de la cocina

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Así quedaban mis manos cuando terminaba de trabajar

A veces me ponía a espiar por la ventana de la cocina y no lo podía creer. Miraba a la gente, observaba mientras comían lo que había preparado, y me quedaba perpleja. Cocinar para otros siempre fue vergonzoso para mí: o algo se me quemaba, o me pasaba con la sal, o no lavaba bien las verduras y después quedaba la comida arenosa, entre tantos otros ejemplos… Las cargadas iban siempre (y calculo que siguen viniendo) para mí. Eso hacía que siempre elija “lavar los platos” y “que de la cocina se encargue otro”.
Pero esta experiencia me ayudó bastante a dejar de paralizarme y perder la vergüenza. Armar platos en grandes cantidades, en el menor tiempo posible, en coordinación de cronometro y corriendo de aquí para allá fueron practicas que en su momento temí y hasta aborrecí, pero que sirvieron para al fin darme cuenta que no soy tan de madera como suponía.

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Conocí un poco como se mueve el mundo de la montaña. En la foto: mi compañero de casa y montanista Ant, que me enseñó para qué servían cada uno de esos aparatitos

En mis días libres, me dedicaba a (además de a conocer la zona y practicar mis habilidades en la montaña), para hacer algún que otro viajecito:

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Esta foto es del día que fui a dedo hasta Queenstown en un total de siete vehículos distintos (ida y vuelta). Conocí gente kiwi, charlamos y con varias nos hicimos amigos de facebook.  En Nueva Zelanda es muy común hacer dedo (mucha -pero mucha- gente lo hace) y están bastante acostumbrados, lo cual no quiere decir que uno deje de tomar las precauciones necesarias a la hora de hacerlo.

 

En Aoraki Mt Cook tuve mi primer contacto con la cocina (para bien o para mal) y con Nueva Zelanda. Fue acá donde conocí a Jack, compramos un auto, renunciamos a nuestro trabajo y nos fuimos de viaje por ahí juntos (tema para el próximo post). Y fue a través de este lugar como le empecé a medir el pulso al país y a conectarme con el mismo. Todavía sigo en eso…

Comparto acá algunas de mis fotos favoritas del lugar:

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La clásica del lugar

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¿Como no enamorarse?

 ¡Hasta la próxima!