El país en el que convivían pacíficamente las diferencias

“Cuando viajás, recordá que los países no están diseñados para que te sientas cómodo. Están diseñados para que su propia gente se sienta cómoda”.  Clifton Fadiman

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En un atardecer impecable, cae el sol como por arte de un cañonazo en Nieuw Amsterdam, el lugar en el que se proyectaba una segunda Amsterdam que nunca pudo ser…

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El Fuerte Nieuw Amsterdam se construyó entre 1734 y 1747 para evitar la entrada de las tropas enemigas al interior del país, tenía forma de estrella de cinco puntas con bastiones en las esquinas.

Basto pisar Surinam para sentir que había arribado no a otro país, sino a otro universo.
Aquí ya no se hablaba más francés, sino holandés y taki taki; los autos no conducían por el carril de la derecha, sino al revés; aquí la música que más sonaba era el reggae, y un popurrí de varios otros países…

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No sé por que los arboles de las plazas estaban todos pintados con la bandera de Surinam

Surinam (o Suriname en inglés) es un país de Sudamérica, el menos poblado (cuenta con una población de aprox. 550 000 habitantes), sus fronteras están delimitadas por Brasil, Guyana, Guayana Francesa y el océano Atlántico, y su capital es Paramaribo.
Antiguamente fue conocido como Guayana Holandesa, ya que dependía de Holanda, hasta 1975 que se convirtió en país independiente.
Es el único país de América del Sur donde el neerlandés es el idioma oficial. Otra de sus lenguas es el Sranan tongo, que es una amalgama desarrollada por los antiguos esclavos, mezclando neerlandés e inglés en una gramática de base lingüística africana (así como en Bahía de Brasil la Capoeira nació como una forma de disimular el hecho de que los esclavos se estaban entrenando para pelear contra sus dueños, ocultándola bajo la forma de una alegre coreografía de danza, en Surinam ocurrió algo parecido, pero con la lengua).
Otros idiomas que también se utilizan mucho son el español, inglés, francés, portugués, mandarín, cantonees, hindi, japonés y el de los nativos del lugar (amerindios).

Su cultura es muy diversa, es una mezcla de elementos de todo tipo: su población está conformada de muchos grupos: mulatos, amerindios, chinos y blancos y está dividido religiosamente entre católicos, hindúes, musulmanes, protestantes y por personas que profesan religiones indígenas.
La gran mayoría de su población reside en Paramaribo y sus alrededores, muy pocos en el interior de país y hay muchos surinamenses residiendo en el exterior, en Holanda más específicamente.

Las temperaturas en éste país, al igual que en el resto del Amazonas, no varían mucho durante el año: tiene dos estaciones anualmente, la seca y la de lluvia.

Surinam y Guyana son los dos únicos países de América en los que se conduce por el carril izquierdo. En Guyana esta práctica es heredada de la época de la colonia, en el caso de Surinam, a pesar que fue colonizada por Holanda, donde siempre se ha conducido por la derecha, también se implementó ésta práctica por influencia británica.

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Calles típicas cuando se viaja el interior de Suriname

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Celeste, verde y naranja. Los colores predominantes

Crucé la frontera de Saint Laurent do Maroni- Albina en ferry y ya estaba en Surinam. Por unos pocos euros (4), se puede cruzar en ferry el rio que delimita a Guayana Francesa y éste país. También hay canoas de gente que te puede cruzar por menos dinero, pero por recomendación (y seguridad) decidí pasar en ferry. La sola fantasía de quedar en el medio del río indefensa me genera mucho pánico.
En el ferry, conocí a una pareja de jubilados españoles que estaban recorriendo el mundo en camión y conversé con ellos. Me contaron de su idea: viajar era un sueño que tenía pendiente desde jóvenes, y, como nunca lo pudieron hacer, ahora que les había llegado la jubilación a los dos y que los hijos ya estaban grandes, decidieron empezar a viajar. Ambos coincidían en que, si bien su estado de salud les permitía hacer este tipo de viajes, no sabían cuánto les iba a durar. Estaban grandes (setenta y pico cada uno) y reconocían que su cuerpo no respondía de la misma manera que cuando eran jóvenes. Por lo tanto, se habían propuesto viajar “hasta que la salud lo permita”. Amo estas historias. Los “cortes” a un estilo de vida y la búsqueda de un cambio me parecen dignos de admiración, por el riesgo que esas personas están dispuestas a correr a cambio de seguir detrás de algo que siempre soñaron.
Ni bien entre a la sala de migraciones para hacer el visado , percibí que en la puerta del costado se asomaban unas cabecitas que chistaban y decían en un ingles que poco comprendía algo así como: “du iu guant e taxi mai friend?”. Eran los taxistas que se abalanzaban unos sobre otros en un intento de querer captar la atención de quienes recién habíamos llegado.
Una vez sellado mi pasaporte, un tachero se me acerca y toma mi mochila sin que yo le diga nada. Daba por supuesto que yo iba a ir en su taxi. Pero entre los cinco tacheros que se abalanzaban me propuse regatear hasta conseguir el taxi más barato (mi host de Surinam me había pasado un promedio de los precios para que no me desorientara y no me intenten agarrar de “turista al que se le puede sacar muchos dolares“- según su descripción). Una vez que nos pusimos de acuerdo, y ya saciada mis ansias de regatear, terminé yendo con el tachero que había agarrado mi mochila primero.

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Mercado callejero en Paramaribo, con lugar para todos: motos, bicis, peatones …

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Sombrillas, pisos mojados, y mucho calor

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Así vendían los cangrejos en el mercado: los ataban (vivos) a una canasta

Regatear: verbo transitivo/verbo intransitivo. 1. Discutir el comprador y el vendedor el precio de una mercancía o un producto, intentando el comprador que este sea lo más bajo posible, 2. Dar o emplear la menor cantidad posible de cierta cosa. Sinónimos: escatimar.

Así define el diccionario a la palabra regatear, y la verdad es que yo descreía bastante del regateo en si mismo, hasta que viajé por Surinam. Allí los códigos eran distintos. El regateo no se considera abuso del comprador para con el vendedor sino que (me atrevo a decir) todo lo contrario: el vendedor se ofende si no lo “regatean”. El regateo es esencial a la cultura en sí. Es un código cultural implícito que comparten quienes forman parte de ella.
Y aquí vuelvo a la frase del principio que me dejo pensando más de una vez: “Cuando viajas, recuerda que los países no están diseñados para que te sientas cómodo. Están diseñados para que su propia gente se sienta cómoda”. Surinam fue de esos países en los que, si bien me costaba comprender “su diseño”, traté constantemente de adaptarme lo más que pudiese a él.
Fue en éste país en el que me enfermé más veces en tan corto tiempo, en el que pasé por varios momentos complicados en medio de mi host que se disputaba los hijos con su esposa y en el que sospeché que me había agarrado la terrorífica malaria.

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Así me malcriaban los días que estuve enferma: con curry y otras yerbas de la India 🙂

El calor no me asentaba. Tuve una recaída el primer fin de semana que fuimos con mi host y toda su familia de campamento a la montaña. Yo no llevaba bolsa de dormir, ni cargaba con camperones, los había dejado a todos en Fortaleza ya que supuse que no los iba a necesitar en todo el viaje por las Guayanas. Pero esa noche me arrepentí tanto de no haber cargado con un solo abrigo. La noche cayo en la montaña y los grados bajo cero se comenzaron a hacer sentir.

Cuestión que dormí en mi hamaca tapada con una mantita para la playa, tirititando del frio. En un momento de la noche, a eso de las tres de la mañana cuando estaba casi helando, me levanté y me fui a dormir al auto, ya no me importaba si tenía que caminar en el medio de la oscuridad del monte para llegar al auto o pisaba algún bicho extraño, necesitaba urgentemente del calor.
Al día siguiente me levanté con fiebre, como era de suponer.

Pero era una fiebre extraña, tenía mucho frio y calor, me dolía la cabeza, la panza, el cuerpo, y por primera vez en el viaje tuve miedo. Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue: “¿y si tengo malaria?”. Le pregunte a la familia si en esas zonas había mosquitos y si por mis síntomas podría llegar a ser ese el diagnostico, y me dijeron que no me preocupase que en Paramaribo no había riesgo alguno, que los mosquitos estaban en la selva amazónica, en el interior del país.

“ahhh”– suspiré aliviada. –“pero, para!”– me interrumpe mi host- “¿vos no estuviste en Guayana Francesa antes de venir acá? ¿En qué lugares estuviste? ¿Estuviste en la selva? Porque la malaria tiene un periodo de incubación de diez días”.

¿¿¿Cómo explicar lo que sentí en ese momento??? Hice inmediatamente todos los cálculos mentales habidos y por haber y no había vuelta que darle, había estado en el medio de la Guayana Francesa hace exactamente nueve días.

Temblé.

Ese día volvimos a Paramaribo y tuve que sentarme en la parte de adelante del auto para que, en caso de tener algo, no contagiase a nadie.

Me sentí como un leproso en la edad media. Me creí incomprendida, discriminada, excluida, aislada.
Llegamos a la casa de mi host en Paramaribo y me preparó un sándwich, frutas, un vaso de leche y un té. Me obligó a comer todo, tomarme dos ibuprofenos y me ordenó que vaya a darme una ducha de agua fría y vaya directo dormir. Si al día siguiente no me recomponía tendría que ir al hospital.

Afortunadamente al dia siguiente me levante bastante mejor, los síntomas habían casi desaparecido, y lloré. Lloré agradeciendo (al universo, dios, la ruta, san expedito o quien fuera) que gozaba de algo tan sencillo que no sé valorar cómo correspondería: la salud.

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Andá a entender ese cartel

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Así era el lugar en la montaña al que fuimos a acampar…

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En esa hamaca fue dónde me enfermé 😦

“Cuando viajas eres lo que eres en ese momento. Las personas no conocen tu pasado como para reclamarte algo. No hay “ayer” cuando estás en la ruta”. – William Least Heat Moon

Cuando voy seguido a casa de couchsurfers, me dá muchas veces por pensar en como, de que manera esas personas me están conociendo. Lo que me gusta de esto es que, si bien uno se arma de determinados estereotipos con sólo mirar a alguien, cuando viajas sos lo que sos en ese momento. Los que te hospedan no conocen “hijo, nieto, sobrino o amigo de quien sos” y por lo tanto la imágen que se forman depende meramente de uno mismo y sus circunstancias.

Cada vez que, por ejemplo, leo una referencia que alguien de Couchsurfing me dejó una vez que nos conocimos, que me hospedaron, siento que describen aspectos de mí que ni siquiera yo conocía: “Es muy ordenada, ayuda mucho en la casa”– recuerdo que escribió una vez uno, y mi mamá no me podía creer cuando le conté.

Cada persona que conozco por couchsurfing es un mundo diferente (por más publicidad de Personal que suene). Al viajar a través de este medio noto como voy poniendo a prueba constantemente mi capacidad de tolerancia para con (casi) todo.
Un claro ejemplo de eso fue lo que viví en Paramaribo.
No me puedo quejar de quien me hospedó en aquella ciudad, ya que fue muy amable conmigo. Pero la situación por la que estaba pas1ando y los momentos de terror que tuve que vivir no se lo recomiendo a nadie. J., mi host, estaba atravesando una separación con dos chicos de por medio y en su casa lo único que se escuchaban eran gritos, llantos, peleas. A todo esto, yo no entendía un joraca ya que todo el lío se desarrollaba en holandés, pero sabía cómo venía la mano.
Quedé unos cinco días en Paramaribo y cada noche reconsideraba la idea de seguir o no quedándome en ese lugar. Llegaba un punto en el que los gritos se me hacían insoportables por un lado, pero estas personas me trataban muy bien cuando no estaban peleando entre ellos.
Entre replanteos e idas y vueltas. la solución que encontré fue partir antes de lo pensado de Paramaribo y quedar unos días en un pueblo de Surinam que está en la frontera con Guyana: Nieuw Nickeri.

Llegué a esa ciudad recomendada por J., mi host de Paramaribo. Las paradojas de la vida.
En Nieuw Nickeri, Bobby (el amigo de mi host de Paramaribo) y su mamá, Lilly, me hospedaron.
Allí hice cosas que siempre estuvieron a mi alcance pero que nunca se me había dado por hacer, como salir a cazar. Mi hermano y mi papá van bastante seguido a cazar, pero a mí nunca se me dio por ir con ellos. Sin embargo, cuando Bobby me invitó, la idea me pareció interesante y casé vuelo al toque.
Llegamos al medio del monte y estaban todos los amigos y amigas cazadores de Bobby vestidos con traje “de guerra” y con sus respectivas escopetas en mano. Al principio charlé con ellos, me contaron de sus hábitos, de la caza, hasta que el sol comenzó a caer y cada uno comenzó a dirigirse a un lugar distinto pero con el mismo objetivo: “dispararle a los bichos voladores”, según palabras de Bobby.
Yo presenciaba la situación aterrorizada. Esos “bichos voladores” se movían al compás del aire cómo riéndose de la nada misma en grupos de cuatro o cinco hasta que se escuchaban los disparos y comenzaban a caer de a uno. Hasta que terminaba volando uno solo o ninguno.

Por dentro sentía una angustia que no se las podía transmitir a ellos, era su estilo de vida, la caza no era ilegal (todos estaban autorizados) y esa especie se consideraba plaga en esa parte de la Nieuw Nickeri amazónica. Así que tuve que tragar saliva y sonreír. Una sonrisa dolida, que me desgarraba cada vez que caía uno de esos loros, cada vez que veía que quedaban unos pocos en el aire, cada vez que los escuchaba agonizar hasta que le cortaban la cabeza.

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Los cazadores jugando con los parlanchines

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Esta imagen puede impactar a más de uno que haya tenido como mascota a uno de estos

Como contrapartida a estas imágenes, y ya que de paradojas venía hablando, en Surinam tenían una tradición de la que nunca antes había escuchado hablar: todos los domingos a la mañana, la gente – en especial los hombres- , participan en la tranquila competencia de canto de pájaros. Cada uno trae su twatwa (una especie de pájaro que canta) favorito que usualmente lo compran a los amerindios del interior. El twatwa que canta por más tiempo gana. Va, en realidad no gana el twatwa, gana el dueño que lo llevó a la competencia. Viéndolo desde afuera, parece ser una especie de obsesión nacional el criar a uno de esos pájaros únicamente para la competencia del domingo. Pero sobre tradiciones no hay nada dicho. Así como para algunos el partido de fútbol del domingo forma parte de la agenda semanal, para otros, la competencia del twatwa es el evento imperdible del fin de semana.

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Otros de los eventos clásicos del fin de semana en Niuew Nickery: el mercado de frutas y pescados

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Allá, si no cazabas pescabas, o una u otra

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:O uno de los pescados más terroríficos que ví

Las cosas que más me sorprendieron de éste país fue que para los surinameses el agua caliente era una rareza. “¿Para que querés el agua caliente?”– me preguntaba sorprendido mi host. Y sí, me sentía un sapo de otro pozo haciendo esas preguntas. Ellos lavaban los platos, la ropa, se bañaban, todo, absolutamente todo con agua fría. La multiculturalidad que se respiraba también era algo increíble: iba al supermercado y me atendía un chino, caminaba por la calle y me cruzaba con todas las razas que te puedas imaginar. Si basta con decir que aquella vez que viajé en camión todos venían de lugares distintos: el conductor era descendiente hindú, el copiloto de indígenas de la zona y el copiloto dos de africanos. Y así era todo el tiempo. En Surinam todo se mezclaba con todo. Todos compartían el Sranan tongo como lengua en común en el habla cotidiana, el holandés en el habla formal y en la organización del país, el inglés en la universidad; y en la tv, la radio un popurrí de español, portugués e hindú. No faltó oportunidad para que comprobara que hasta con temas religiosos pasaba lo mismo. Una mezquita podía convivir pacíficamente al lado de una sinagoga. Allí todos se respetaban.

Surinam se caracterizaba por la diversidad, y en como esa diversidad convivía sin problemas.
Multiculturalidad, Rio, Mar, Selva, Colores, Sabores, Olores, Idiomas, Dialectos, Religiones, Tradiciones, Etnias, Climas, Creencias, Historias, y se puede seguir enumerando así infinitamente. Era maravilloso (y ejemplar) ver como en un país conviven tan pacíficamente las diferencias.

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Toda una postal: la mesquita al lado de la sinagoga

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Casas modelo holandes en el centro de Paramaribo

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Clásicos colectivos urbanos: uno más tuneado que el otro

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“La vida, al igual que los viajes, no va a darte cosas gratis todo el tiempo. Pero si te esforzás y usás la creatividad, los problemas se resuelven. Después de todo para eso están.
Viajando, puede pasar que te sientas sola porque tus amigos y tu familia están muy lejos o por lo que sea, pero la ventaja es que sos “libre” para formar tu propia opinión sobre las cosas. Hasta que no estés lejos de tu casa, no te vas a dar cuenta enteramente de cuanto tus acciones y opiniones son formateadas y moldeadas por lo que te es familiar. Pero cuando viajás, descubrís que nadie espera que te comportes de una determinada manera o que tengas una concreta forma de ser, entonces empezás a moldearte a vos misma como la persona que querés ser”. Gracias J. por tus palabras! 🙂