Lo que pude aprender del Amazonas

“Si rechazas la comida, ignoras la vestimenta, temes la religión y evitas a las personas, quizás sea mejor que te quedes en casa”
James Michener

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El INCREÍBLE “encontro das aguas”, en Manaos

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Las plantas pueden enseñarnos: están las que oprimen y no dejan crecer…

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y están las que fluyen sin perjudicar

Navegando en internet, encontré un artículo que se titulaba: “Grandes viajes para hacer alguna vez en la vida”, me intrigó saber de qué se trataba así que me puse a leerlo de principio a fin.
“Esta es la lista de las 10 aventuras imprescindibles que todo aspirante a aventurero debe proponerse, al menos una vez en la vida: desde navegar el Amazonas, a esquiar en el Polo Sur, y desde subir al Everest hasta cruzar Australia en furgoneta, pasando por recorrer, mochila al hombro, la milenaria Ruta de la Seda.”– relataba.

Una de aquellas diez aventuras recomendadas, ya la había hecho (en parte) cuando arribé al continente oceánico:
Recorrer Australia en furgoneta
Puestos a viajar hasta el otro lado del mundo, es casi obligado para el aspirante a aventurero recorrer la inmensidad australiana al volante de una furgoneta clásica, o en su defecto, de una moderna auto caravana. Más que unas vacaciones, es casi un ritual iniciático. Tanto si se parte hacia el norte desde Sídney, al oeste desde Adelaida, o si se traza un circuito por todo el interior (16 000 km), hay cosas que se dan por sentado, como esquivar un walabí, temer quedarse sin gasolina en medio de la nada, obsesionarse con las esculturas gigantes a pie de carretera y pasarlo genial. Solo hay que llenar la nevera portátil, tomar ciertas precauciones en la conducción y ponerse en marcha.

Y la otra de esas diez estaba a punto de comenzar:
Navegar el Amazonas
El primero que se dejó llevar por la corriente del Amazonas desde su nacimiento en los Andes hasta su desembocadura en el Atlántico fue un español, Francisco de Orellana, en 1542. En realidad no era consciente de que estaba navegando por el río más largo y caudaloso del mundo, pero realizó una aventura prodigiosa que tardó mucho en volver a intentarse. Aunque no sea fácil recrear el viaje de Orellana, siempre es recomendable navegar en ferri, crucero o canoa algún tramo de este colosal río que atraviesa la mayor selva del planeta. Es un lugar peligroso en el que acechan víboras, insectos, enfermedades y algunos lugareños hostiles, pero también alberga una biodiversidad de valor incalculable, tribus fascinantes y aventuras al más puro estilo Indiana Jones. Pocas ciudades del Amazonas son accesibles por carretera; se llega en avión o en barco. Manaos, Iquitos y Belém son puntos clave.

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Hermosos amaneceres…

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…y atardeceres

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Nunca imaginé que el Amazonas sería uno de mis destinos posibles en el mundo.
No lo organicé de antemano, surgió como una ocurrencia al azar y poco a poco esa ocurrencia fue tomando forma hasta convertirse en una realidad.
Al principio tuve miedo y casi desisto (le tengo terror hasta a la rana más insignificante), pensé que no podría hacerlo, que no estaba preparada, que el Amazonas no era para mí. Seguido a eso, me movió un escalofríos que me llenó de preguntas: ¿cuántas cosas dejamos de hacer por pensar que no podemos?¿cuántas aventuras dejan de ser vividas por miedo a la rana, al perro o al fracaso? ¿cuántos sueños quedan en el olvido por eso?

¿Qué quería con esta idea? 
Quería dejar de ver los paisajes del Amazonas en el fondo de pantalla de mi computadora para ir y observarlo con mis propios ojos. No me interesaba si para hacer ese viaje tenía que resignar a aquel par de ojotas que necesitaba o a esos imanes con diseño que tanto me gustaban (y esa es, probablemente, una de las señales que dan cuenta que uno se está volviendo -o ya es- adicto a viajar: cuando comenzás a analizar los precios de las cosas en relación a cuánto podés viajar con ese mismo monto). En ese momento estaba dispuesta a resignar a cualquier objeto material que se me aparezca en el camino, quería menos cosas y más experiencias. Quería menos gastos y mas inversiones, menos monotonía y más emociones, menos teorías y más práctica. (“Lo que he aprendido es porque lo veo”diría Calle 13).

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Reflejos I

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Reflejos II

Quiero tener algo para contar que no sea solo por los títulos que logré sino por aquello que conocí y viví de primera mano.

Me animé y le dí fecha concreta en el calendario a aquella ocurrencia. Al fin y al cabo, no se trata de no tener miedos, sino de afrontarlos y no dejarse paralizar por ellos.
Fue así que ese destino que desde un principio no había formado parte de mi -lineal- mapa mental, de un momento para el otro comenzó a formarlo…  Si hay algo que voy asimilando y digiriendo poco a poco durante los viajes (quien me lee ya estará al tanto de esto) , es que los planes y mapas mentales son una proyección ilusoria originada en esa bendita necesidad de querer tener todo bajo control. Y lamentablemente -o favorablemente- eso no siempre sucede.

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Animales de cualquier tipo

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tucanes…

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alguaciles…

El Amazonas es el estado más grande de Brasil, con una muy baja densidad de población, la mayor parte de su superficie está ocupada por ríos y vegetación. El acceso a Manaos, la capital del estado, solo se realiza de manera fluvial o aérea, ya que la ciudad es como una isla, pero en lugar de estar rodeada completamente por agua, está rodeada de mucha (pero mucha) selva. Es más, para viajar afuera un fin de semana cualquiera, hay que tomar un avión, “es por eso que la mayoría de la gente de acá no somos de viajar mucho, y si hablás con los locales te vas a dar cuenta enseguida que no conocen otras ciudades de Brasil” – me comentaba un lugareño.

Así fue que llegué a Manaos en avión.
Pisé el aeropuerto y fue esa la primera vez que me esperaba alguien con un cartel =) . No, no con mi nombre ni con ninguna dedicatoria especial, era el cartel de la agencia de turismo que había contratado para ir a la selva. (No existe otra forma de adentrarte en la selva).
Salimos de la espectacular climatización del aeropuerto (todavía no entiendo como esos aires acondicionados dan a basto), y enseguida las altas temperaturas se comenzaron a sentir:
Calor, calor y más calor.
Asfixiante.
Opresivo.
Irrespirable.
¿Cómo hace la gente para vivir acá? ¿Qué es lo que las trae? ¿Soñaran con la llegada de algún  invierno utópico?

La primera noche pasé en la casa de una pareja de couchsurfing en Manaos.
Un baño de agua fría y dos ventiladores dándome de fijo no fueron suficientes para palear la humedad y el fervor del ambiente. A los tres minutos de haberme pegado el baño, ya estaba traspirando otra vez.
Salí a comprar algo helado (lo que sea) y no pude dejar de asombrarme del ambiente “de barrio” que se vivía a mi alrededor: gente sentada afuera, mercados en las veredas, música fuerte, bares al aire libre con algunos entonados que discutían pacíficamente sobre sus equipos de fútbol… La vida de la gente en aquel barrio de Manaos parecía girar en torno a las veredas.
¿Cómo la construcción de una metrópoli puede determinar la vida de sus ciudadanos? ¿En cuántas grandes ciudades la vida de sus ciudadanos gira en torno al río (como en Montevideo), a la playa (como en Río de Janeiro), a una gran avenida (como en San Pablo)?
En el norte la vida de la gente parecía girar alrededor de las veredas, el río, la vida al aire libre y en especial sobre LA COMIDA.
Recuerdo en Belém, cuando un amigo paraense me relataba lo difícil que era para él decidir sobre el tema de ir a vivir a otro lado. Me contaba que extrañaba mucho cada vez que se iba, pero no se refería ni a su padre, abuela, novia, ni a su tío. Extrañaba los ingredientes, los aromas y sabores únicos del Amazonas, que no lograba conseguir en ningún otro lugar del mundo. Me decía: –“prestá atención en los aeropuertos y vas a ver que mucha gente viaja con conservadoras de telgopor, seguramente esos son paraenses, que llevan en grandes cantidades los productos del Amazonas que no pueden conseguir en otro lado”.
Wuau.

¿Cómo es que las costumbres y tradiciones están tan arraigadas en nosotros que vuelven tan difícil desprenderse de un lugar?
Me pasó varias veces con el mate. En Australia sufrí varios periodos de “abstinencia matera” que llegó a entorpecer mi vida cotidiana (y ni que hablar del asado, aunque a esa abstinencia ya la estoy superando! jaja).
La yerba no me alcanzaba y comencé a secarla al sol. Pero lo poco de yerba que iba quedando no resistía a otra segunda secada al sol.
Recuerdo aquel día que tuve que pedir que me la enviasen por correo desde Sydney y el envió me costó el doble que el precio de los cuatro kilos y medio de yerba que había encargado. Aquel día decreté que no me iban a agarrar más con eso.
Y bueno, habrá que aprender a controlar mejor los vicios y los momentos de abstinencia.

Al día siguiente, me levanté bien temprano, ya que mi nuevo amigo y conductor de la combi de la agencia de turismo, nos llevaba a tomar el barco.
Después de una combi, un barco, una camioneta destartalada y una lancha, al fin llegamos al sitio donde transitaríamos los cuatro días.
Aquel seria el sitio dónde dormiríamos, el resto del día la pasaríamos de aquí para allá.

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Así dormimos una noche en el medio del monte. Nos despertaron los monos y sus rituales.

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Si habremos pasado tiempo en esa canoa!!!

Una vez adentrados en la selva Amazónica:

Me encontré con que:

-En ésta zona no existen las cuatro estaciones: el tiempo es cálido, húmedo y tropical durante todo el año.
-El clima no posee una estación seca, dado que llueve durante todo el año. Lo que sí hay es una estación lluviosa y otra menos lluviosa. Me comentó una amiga de allí que, antiguamente, en los meses lluviosos era habitual organizar reuniones o juntadas con amigos diciendo: “nos vemos después de la lluvia”.
-La música (bolero, forró, brega) es muy distinta al resto de Brasil.
-La mayoría de los habitantes tenían rasgos indígenas.
-Hay tres clases de indígenas (según nos revelaba nuestro guía): los que viven en la selva y no tienen contacto con el mundo exterior, los que viven en la selva pero no de manera aislada (consumen productos de supermercado, tienen electrodomésticos en sus casas, etc.), y los que viven en la ciudad adaptados a un estilo de vida urbano.

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Visitamos a esta familia de nativos, que serían de los que viven en la selva pero no de manera aislada

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Allá todos duermen en hamacas, no existen habitaciones con camas

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Encuentros de domingo entre fútbol, pool y bailes

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No se suspende por lluvia!

Me ví muchas veces interviniendo en un papel de traductora (y yo que subestimaba mi portugués): les traducía de inglés a portugués a algunos locales de la zona, y de portugués a inglés a los extranjeros. Bue, pasa de todo en este mundo.
Muchas veces me preguntaron para que insistía tanto en aprender portugués, una lengua que, según esas personas, “solo se habla en Brasil y Portugal” y que “nunca más lo vas a usar si no tenés pensado vivir en Brasil”.
Primero: el portugués es la lengua oficial de once países.
Segundo: ¿Por qué ver el aprendizaje de un idioma desde un ángulo práctico, según cuanto lo vamos o no lo vamos a utilizar?
Creo que hay muchísimas razones del porque aprender otra lengua, una de ellas indudablemente es para tener la posibilidad de poder comunicarnos con los demás, pero… ¿Qué pasa si pensamos a ese aprendizaje como un aporte, una incorporación de un modo distinto de pensar, de ver, de comprender el mundo?

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En el Amazonas hay códigos diferentes y son otras las reglas de juego…

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casas construidas sobre los ríos y otro tipo de medios de transporte…

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escuelas sobre el río y grandes lanchas como transporte escolar

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cementerios que miran al río

Además, descubrí una variedad de plantas, insectos y animales que ni sabía que existían. Y no solo eso. Ahora puedo decir que mi viaje al Amazonas fue un buen espacio de experimentación.
Estar constantemente en un mismo lugar, rodearse de un mismo ambiente, no salirse de la zona de confort, hace que muchas veces giremos y demos vuelta sobre lo mismo, como una calesita. Pero ¿Qué hay si cambiamos los estímulos? Quizá podemos descubrir facetas nuestras que no conocíamos previamente y que permanecían inexploradas, (pareciera como si cuanto más diferente es el entorno, más se pierde la noción de quién es uno).
El amazonas a mí me ayudó a descubrir que no le tengo tanto miedo a las ranas como creía, que me puedo meter al río sin que necesariamente me muerdan las pirañas, que soy capaz de degustar frutas y plantas desconocidas por más repugnantes que me parezcan, que puedo subirme a una canoa a atrapar cocodrilitos en el medio de la noche por más que haya visto la película Anaconda mil veces y casi me dé un patatú, que puedo hacer un trekking tranquila sin torturarme con la advertencia (literal) del: “mirá bien lo que pisas y tocas que puede haber víboras, arañas o escorpiones”,  y que dormir en una hamaca en el medio de la selva y despertarme con el sonido del ritual de los monos no es tan inseguro como parece si cuento con una buena compañía (y un guía confiable).

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No me podía ir del Amazonas sin degustar estas exquisitas larvas…

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tampoco sin agarrar aunque sea un cocodrilito bebé…

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y mucho menos sin meterme al río!

Por último:
En el Amazonas aprendí que todo puede pasar: que puede pasar que llore desconsoladamente porque me atacan los mosquitos en el campamento, pero que la picazón en todo el cuerpo también puede pasar.
Que se puede sobrevivir sin celular. Que estar constantemente pendiente de éste aparatito es una costumbre innecesaria que si bien me conecta con el resto del mundo, me desconecta de quienes me rodean y del lugar en el que estoy.
Que si me agarra la lluvia en la canoa y quedo sin una muda de ropa limpia, soy yo quien determina si transformar esa situación en una desgracia dramática, en una alegría, o en una oportunidad para darme cuenta de que no todo está bajo mi control.
Que comer larvas de las palmeras puede ser la experiencia más desagradable, un desafío cumplido o lo mejor que te puede pasar, según como lo mires.
Y que lo que determina a un viaje no es lo que nos pasa sino lo que hacemos con lo que sucede.
Como diría Ken Robinson: “Las cosas buenas y malas ocurren siempre. Lo que nos pasa no es lo que marca la diferencia en nuestra vida. Lo que marca la diferencia es nuestra actitud en cuanto a lo que nos pasa”.

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El ayudante del guía y su truco de “me comió el dedo la piraña”

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El guía que agarraba cocodrilos como si nada

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él no se quería quedar sin açaí =)

¿Alguna vez te preguntaste cómo seria tu vida si hubieses nacido en el Amazonas? 

Una respuesta a “Lo que pude aprender del Amazonas

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