Saudade de Río

Desde el aeropuerto, a horas de que mi vuelo a Buenos Aires con escala en Río de Janeiro comience, se me acaba de despertar la “saudade” de Brasil.
Saudade por sus ciudades, sus pueblos, su gente, su variedad, su idioma, sus sabores, sus olores, sus playas, sus ríos, su frío, su calor, su inmensidad, su casi-todo.
Saudade es un concepto que no tiene una traducción literal en español, podría significar “extrañar mucho a algo o alguien”, “echar de menos”, pero sin ser eso. Es algo más “profundo”.
Según la Real Academia Española, saudade significa: soledad, nostalgia, añoranza. Wikipedia dice que Saudade “es un vocablo de difícil definición incorporado al español empleado en portugués y en gallego, que expresa un sentimiento afectivo primario, próximo a la melancolía, estimulado por la distancia temporal o espacial a algo amado y que implica el deseo de resolver esa distancia. A menudo conlleva el conocimiento reprimido de saber que aquello que se extraña quizás nunca volverá”.
Alguien me comentó hace poco que esta palabra fue elegida como una de las más lindas del mundo. Por cómo suena, por lo que implica, por su significado simbólico. ¿No les pasa que muchas veces en una conversación quieren decir algo pero se les viene a la cabeza una palabra en otro idioma? Saudade, para mí, es una de esas palabras.

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La cuestión es que últimamente estoy sintiendo mucha saudade. Si estoy en Manaus siento saudade de Fortaleza, si estoy en Belem siento saudade de Manaus, si estoy en Boa Vista siento saudade de Belem, si estoy en Fortaleza siento saudade de Río. Y lo peor es que, esté en dónde esté, siento saudade de Río siempre. A este punto es al quería llegar.

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La verdad es que no sé cómo sucedió ni cuando comenzó mi devoción por esta ciudad. La tenía entre los destinos obligatorios en mi plan de recorrido por Brasil y muchas personas me la requetesuper recomendaron, pero nunca imaginé que me podría llegar a gustar tanto.
Es que es una ciudad completamente diferente al resto de las ciudades, que se erige entre morros, túneles, playas, lagos, curvas, edificios, mucho verde, flora y fauna… Y es esa combinación imperfecta,  la que la hace única.

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Llegue a pensar (en mis intentos por explicarme el porqué de éste cariño) que parte de mi idealización a Río se debía a que había vivido casi dos meses en el medio del caos y el estrés de Sao Paulo. Y quizá esta hipótesis tenga bastante que ver. Creo que el lugar donde estuvimos, pasamos, habitamos o vivimos antes, tiene una influencia inversamente proporcional (acá se me viene la profe de economía a la cabeza) en cómo vamos a valorar o vivir el próximo. Ni nosotros somos los mismos, ni las ciudades son las mismas, entonces la forma en que las percibimos tampoco tiene porque ser igual.
Si no hubiera vivido antes en una gran metrópoli de 11 millones de habitantes, con incontables líneas de metro y ómnibus saturados de personas gran parte del día, con un horizonte conformado por edificios que nunca se terminan, con gente apurada, corriendo y hablando por celular, con tráfico y atascamiento en horas picos, y despertándome a la mañana con los bocinazos, alarmas o ambulancia, mi experiencia en Río hubiese sido distinta.
Llegar a Río fue como llegar al paraíso. Ese del cual tanto me hablaban pero del cual yo descreía. Aquí los helicópteros no volaban para transportar a los ricos empresarios a sus trabajos, aquí volaban para que los turistas (con billeteras holgadas) pudiesen apreciar al cristo redentor y al pan de azúcar. Aquí el sistema de metro (y los servicios públicos en general) dejaban bastante que desear, pero la gente caminaba tan tranquila, a paso lento y con ojotas y ropa holgada que esa preocupación parecía estar en un segundo plano. Aquí los edificios sí se terminaban, y te topabas con un morro, un lago, o una playa. Aquí lo que me despertaba cada la mañana no era el bocinazo ni la alarma de ningún auto, sino los papagayos o alguna de esos pájaros parlanchines que comienzan a cantar desde temprano.

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La vista desde mi ventana

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Si no te despertaba el papagayo, te despertaba el mono. Había muchísimos, se los podía ver muchas veces por los cables de la ciudad.

El clima de Rio fue otra de las cosas que me encantó. Si bien no soy para nada de esas personas que están al tanto de cuál es el pronóstico de la semana, en Río me volví adicta: todos los días me pegaba al celular mirando cual iba a ser el clima del día. Sol, sol, sol. 19, 20,21 grados. Me dije: -naaa ¿Cómo es posible? ¿no estábamos en invierno? , ya está!, éste es mi lugar, (justo lo que me recomendó el medico!).
No podía evitar pensar cuando veía a algún niño: “que suerte que tiene de haber nacido acá”.

Fue la primera y única vez (hasta ahora) que me pasa algo así. Cuando charlaba con alguien que me contaba que nació en Río, mi respuesta automática era: “que afortunado”.

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Esta es la prueba: ni una nube

Llegué a Río un viernes bien tarde, con un amigo con el que hicimos la famosa “carona”, que en español sería algo así como “hacer dedo” pero que es algo bastante distinto.
En Brasil es muy popular utilizar grupos de Facebook para encontrar ya sea acompañantes (en caso de que vos seas el que conduzca un auto y quiera dividir gastos al mismo tiempo que hacer un poco más entretenido el viaje con alguna compañía) , o choferes (en caso de que estés buscando alguien que vaya al mismo destino que vos con su auto y acepte llevarte, lo cual es un gran ahorro en comparación a los gastos de ómnibus). Estos grupos de Facebook funcionan por lo general muy bien, y los podes encontrar buscando según el nombre de la ciudad desde la que vas a viajar y a la que vas a viajar con la palabra “carona” al principio. Por ejemplo: “Carona Sao Paulo- Rio de Janeiro”.
Cuando me enteré que esto funcionaba bien en Brasil (ya que en muchos otros países, el mismo tipo de propuestas no tiene tanta popularidad), publiqué un anuncio para saber si alguien tenía un lugar para ir de Sao Paulo a Río.
Por suerte, mi amigo paulistano se decidió a viajar a Río también con su auto, así que inmediatamente los planes cambiaron: cambié el anuncio y pasé de buscar algún lugar en un auto, a ofrecer tres lugares en otro. Y funcionó perfectamente. Viajamos cuatro personas, que nos conocimos unos días antes a través del grupo de Facebook, y no hubo inconvenientes.

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Por las calles de Río

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El Sambodromo, dónde cada verano se festeja el reconocido carnaval

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El Cristo Rendentor que abraza a la ciudad

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Y esta el la posición en que tiene que colocarse el fotógrafo para sacar la típica foto imitando al Cristo

Algunas características de Río que más me llamaron la atención:
El famoso “funk”, un estilo de música que se escucha en muchos lugares de Brasil, pero que tiene su origen y máxima expresión en Río de Janeiro. No faltó oportunidad para escucharlo en la playa, en la calle, en los colectivos, en la favela.
Como no entendía las letras de las canciones, más de una vez me puse los auriculares y me puse a tararearlo. Me gustaba el ritmo, la batida. Pero mi fanatismo por este tipo de música tuvo fecha de vencimiento: cuando mis amigos brasileros comenzaron a traducirme las letras de las canciones.
Y la verdad que me pareció impresentable. La mayoría de los temas rondaba en las temáticas: la mujer tomada como objeto sexual y los vídeos ostentaban un estilo de vida al que muy pocos tienen acceso: autos de lujo, mansiones, fiestas con champagne y mujeres semidesnudas, entre otros.
El tema de la prostitución no es un tema fácil en Brasil. En todos los teléfonos públicos de Río encontré calcomanías de mujeres desnudas que ofrecían sexo a partir de los 60 reales.
Cuando estuve en Sao Paulo, en esos días que se me da por lo que yo llamó “investigar por mi cuenta”, tuve la oportunidad de conocer cómo se manejaba un prostíbulo y charlar con una de las mujeres que trabajaba ahí. Su nombre (ficticio) era Clara, trabajaba durante la semana como maestra en una escuela de la ciudad, y durante los fines de semana en el prostíbulo. Ella no vivía en esa casa-prostibulo, pero la mayoría de las mujeres que trabajaban con ella sí, vivían ahí, y la prostitución era su única fuente de ingresos. Era una vida que Clara no elegía, según sus palabras, es más, nadie de su entorno cercano sabía de este otro trabajo alternativo. Ella no quería que se enteren. Pero más de una vez contó haber vivido situaciones acaloradas cuando los padres de alguno de sus alumnos asistían al prostíbulo. En esos momentos ella se dirigía inmediatamente hacía el fondo para que nadie la pueda ver y reconocer. ¿Qué la llevaba a ejerecer la prostitución? –El dinero- me dijo. Y por más que tenga que vivir jugando a las escondidas en una especie de doble vida, ella decía que así lo quería.
En la calle Augusta, había un promedio de dos mujeres por esquina ofreciendo sexo a cambio de dinero. La verdad es que tengo mis opiniones y confrontación de opiniones respecto a éste tema.

¿Qué lleva a alguien (más allá del dinero) a elegir o adoptar este estilo de vida? ¿Se acabaría la prostitución si no habría quién la consuma?
Indefectiblemente, este relato me hace acordar a aquella vez en Valparaíso que fuí al “prostíbulo poético”.
El Prostíbulo poético es una actividad teatral que recrea los cabarets de fines del siglo XIX, donde los clientes, en lugar de relaciones carnales, tienen relaciones poéticas con hombres y mujeres (los “prostitutos” y las “prostitutas”) que simulan prostituirse. Sería como una especie de “sexo intelectual” que, en forma de poemas recitados en vivo, se venden al público, ya sea para una sola persona o para pequeños grupos. Una novedad (o por lo menos para mí lo fue).
(Para leer más sobre esta idea, hacer clic aquí).

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Así es el ambiente en el prostíbulo poético

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En Río, así como encontré su lado “A”, también encontré su lado “B”. Favelas, delincuencia, drogas, son algo de todos los días. A la noche, cuando escuchaba ruidos explosivos, mi host me decía de lo más relajado: ese ruido viene de la favela. Y yo quedaba entumecida.
Recomiendo éste documental que habla sobre este tema más profundamente. También hay varias películas, la más conocida es Cidade de Deus.

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Estas imágenes son de una de las favelas tranquilas, la Santa Marta. A las otras no fui

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Río, ciudad fiestera.
Si habría alguna competición para ver qué ciudad tiene más fiesta, calculo que Río estaría en primer lugar o cerca. Todos los días había miles de opciones para salir de noche. En uno de los barrios más conocidos, Lapa, tenías bares con bandas tocando samba en vivo, o caminabas un fin de semana y el baile se armaba en la calle: gente que se ponía a tocar y a cantar, otros venían y se ponían a bailar. Mucha comida y mucho alcohol barato (con 5 reales te comprabas en la calle una caipiriña que en un bar costaba 20), mucha joda, muchos borrachos, mucho despelote. Para todos los gustos. Yo en particular soy medio “ortiva” si a joda se refiere, así que una vez pispiado el panorama y ya habiendo visto de que se trataba, me tomé el buque y rajé.
Al día siguiente, mi amigo Alex, que trabajaba en uno de los hostels de Río, me invitó a una fiesta en un barco, pleno lunes. Como no tenía ni la más pálida idea de cómo eran ese tipo de fiestas y ya que era gratis, acepté la invitación y fui. Y si, tendría que haberlo presupuesto: me iba a querer ir antes y no iba a poder (al menos que se me dé por nadar en el mar en plena noche). La fiesta era como cualquier fiesta, con mix de música brasilera, latina y yanqui, con bebida cara, un Dj flashero y gente que bailaba y cantaba a los gritos, no sé si el factor “estar en un barco” influía en el modo de comportarse de las personas.
Durante la noche: descontrol y fiestas de todo tipo, y durante el día: playa. Así vivían la ciudad gran parte de los turistas que la visitaban y muchos de los cariocas también.
Río era sinónimo de fiesta.

Río, ciudad cálida: climática y humanamente.
En una oportunidad, cuando subí al ómnibus para ir a la casa de mi host, me sentí (como me sucede la mayoría de las veces que viajo) “más perdida que perro en cancha de bochas”. Entonces le pregunte al señor que vendía los boletos (por qué en Brasil los ómnibus tienen un chofer y, en la mitad del coche, otro señor que te vende el boleto y te deja pasar) cómo hacía para llegar a esa dirección. Cuestión que en unos pocos segundos, la mitad de los pasajeros del colectivo estaba discutiendo en que calle tenía que bajar para llegar a lo de mi host. Era como una charla de café, parecía que todos se conocían con todos. Y pensé: eso es lo que tiene Rio de especial, de un ambiente totalmente frío y reacio como el de un bondi, pasas a uno cálido y amigable en cuestión de segundos.

Río, la ciudad que “no progresa”.
Viajaba en el colectivo y se me sienta al lado una señora de unos setenta y pico. Después de que me hiciera las clásicas preguntas: “¿De dónde sos? ¿Qué haces? ¿Cuántos años tenés?” y un par más, llegó mi turno y pregunté yo: ¿cómo vivía en Río, elegía ese lugar? ¿Le gustaba la ciudad? ¿Alguna vez había viajado a conocer otro país? ¿Qué pensaba de la gente que vivía en Río?
Me interesaba charlar con la señora, porque era uno de los pocos cariocas que me hablaba negativamente de la ciudad, cuando la mayoría con los que hablaba me resaltaba únicamente lo positivo.
María me contó que no le gustaba vivir en Río, pero tenía su familia (hijos y nietos) viviendo ahí, y las relaciones sentimentales “la ataban” a quedarse. Me relató de los tantos asaltos de los que fue victima ella y algunos de sus familiares, y de la dificultad que representaba para ella, como mujer mayor, el salir a la calle. Me habló de política, de economía, de crisis y constantemente comparaba a Brasil con Estados Unidos (siendo que nunca había salido del país). Según ella, la bandera de Brasil más que “orden y progreso”, debería decir lo contrario: “desorden y retroceso”, que era lo que realmente representaba. Lo que hacía que su ciudad y su país “no progresasen” eran lo que ella enumeraba como “los tres factores claves”: 1-los políticos corruptos, 2- la falta de educación y cultura y 3- el pueblo brasilero: un pueblo que solo se preocupa por ir a la playa, tomar cerveza, el carnaval, la fiesta y el fútbol, y al que todo lo demás no le importa.
Más allá de que podamos coincidir o disentir con estas ideas, rescato lo que narraba María, porque me ayudan a pensar en Río de otra forma, a verla desde otro angulo, y no quedarme solo con su lado maquillado.

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Lapa

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Parque Lage

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Ascensor de la favela Santa Marta

Para terminar y como resumen final, diría que con sus pros y contras, Río me encantó.
Y aquí vuelvo otra vez al principio:
Es que es una ciudad completamente diferente al resto de las ciudades, que se erige entre morros, túneles, playas, lagos, curvas, edificios, mucho verde, flora y fauna… Y es esa combinación imperfecta,  la que la hace única.
Y sin esa peculiaridad,creo, no sentiría saudade de Río.

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Playa Copacabana

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Leblon

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Ipanema

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Dejó aquí uno de los videoclips de la película “Río”. Lo amé:

último =) :